Llamadme asocial, borde o rancia (¡tampoco os paséis!). Pero estoy encantada
que sea mi pareja el único representante de la familia en el grupo de Whatsapp
de "Los Patitos", la clase de nuestro súper-peque.
Los grupos de padres y madres del colegio son una auténtica cantera de gente
extra motivada, empeñada en demostrar su inagotable capacidad de organizar,
innovar y, cómo no, de liderar. ¡Son competencias dignas de admirar! Pero yo no
estoy a la altura, lo siento...
Por lo que me cuenta mi paciente "infiltrado", llevan una semana
preparando el esperadísimo regalo de fin de curso para la profesora. La
cuestión es: ¿quién lo espera con más ansias? ¿La susodicha o esos papis y
mamis ávidos de oportunidades para hacer gala de su inagotable creatividad?
En mi época (que vieja sueno) recuerdo que, el último día de clase, mis
padres solían regalar unas pastas o una maceta a mi profesor/a para agradecer
su esfuerzo y dedicación -sabían que aguantarme no era tarea fácil-. Reconozco
que el regalo no brillaba por su originalidad, pero aquel detalle no era más
que la guinda de un enorme listado de gestos de agradecimiento que mi madre y
mi padre brindaban a mis profesor@s durante todo el curso... ¿Cómo?
Inculcándome un profundo respeto y cariño por su labor, escuchando sus
consejos, intersándose por mi evolución en el colegio, mostrándoles su
confianza y su apoyo... En definitiva, haciéndoles saber que mi educación era
una labor de equipo.
Este rollo sobre mi periplo escolar me lleva a reflexionar sobre qué regalo
merecen l@s profesor@s de nuestr@s hij@s... No es una cuestión de exprimirse
los sesos dos semanas antes de terminar el curso, ni de competir por hacer el
regalo más original. Esto va de regalarles nuestra confianza y nuestra
complicidad desde septiembre hasta junio.

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